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Uruguay - Síntesis histórica de las migración internacional en Uruguay

La primera ola de inmigrantes europeos hacia el Uruguay tuvo lugar a principios del siglo XVI, cuando un gran grupo de españoles llegó al Río de la Plata. Ellos, sumado al aporte posterior de  italianos (mediados siglo XIX)  conformaron la mayor parte de la población en Uruguay, que siguió siendo un receptor neto de inmigrantes  hasta la década de 1950. Esta tendencia se revirtió durante la segunda mitad del siglo XX y a principios del nuevo milenio tras un largo proceso de estancamiento y deterioro de la economía que desembocó en varias crisis, sumado  al quiebre institucional provocado por la dictadura que gobernó entre 1973 y 1985. La única excepción a esta tendencia general tuvo lugar durante la década de 1990, cuando ingresaron ciudadanos peruanos en busca de un mejor bienestar económico. La emigración -especialmente de jóvenes- ha sido considerable y constituye un eje central de la dinámica social y económica de Uruguay. Casi el 18 % de los nacidos en Uruguay vive en el exterior, lo que lo ha convertido en un país de emigrantes y en un importante caso de estudio en materia de migraciones y globalización.  

Historia de la inmigración

El primer asentamiento de Uruguay  fue Colonia del Sacramento, una fortaleza militar portuguesa fundada en 1680 y localizada en frente de Buenos Aires, Argentina. Montevideo, la actual capital de Uruguay, fue fundada por los españoles en 1724 con fines militares.  Este nuevo asentamiento incluía familias de Buenos Aires y de las Islas Canarias, entre quienes la corona española distribuyó tierras y chacras y posteriormente grandes estancias en el interior. Los esclavos fueron introducidos en Uruguay entre mediados del siglo XVIII y principios del siglo XIX, aunque el número fue relativamente bajo. Debido a que la ganadería era la principal actividad económica, la mano de obra no era muy requerida, y si era necesaria, se cubría con la creciente inmigración procedente de Europa, principalmente de España e Italia. Los charrúas, población autóctona del territorio antes de la conquista, desaparecieron progresivamente. Como consecuencia de las guerras, las enfermedades traídas de Europa y el creciente matrimonio interracial, el número de indígenas disminuyó rápidamente y hacia 1850  los grupos indígenas originarios prácticamente ya no existían.

Más allá de la sólida posición que mantuvo Montevideo en el comercio de la Cuenca del Plata hasta finales del siglo XIX, Uruguay ocupó un lugar marginal en la región. La proximidad de Buenos Aires y la fértil región pampeana en la Argentina  -así como los extensos establecimientos  ganaderos de Río Grande del Sur en Brasil-  convirtieron a Uruguay en un destino más transitorio que definitivo para muchos inmigrantes. 

A pesar de que los flujos inmigratorios fueron de menor escala que en Argentina o Brasil, está claro que el Uruguay del siglo XIX fue “producto de los inmigrantes”, quienes se incorporaron al país al mismo tiempo que le daban forma a la nacionalidad (Barrán y Nahum, 103). “El momento de mayor crecimiento económico de Uruguay, que tuvo lugar entre 1871 y 1887 –cuando su ingreso per cápita era comparable al de Inglaterra, Francia y Alemania–, coincidió con el momento del gran crecimiento demográfico, producto de la avalancha de inmigrantes europeos que llegaban en busca de prosperidad económica” (Díaz, 2004).

La mayoría de su migración se asentó en los centros urbanos, especialmente en la capital Montevideo. Hacia principios de la década de 1830, la población de Uruguay era de 74.000 habitantes, y de ellos aproximadamente 14.000 vivían en Montevideo. Para 1908 –año del primer censo nacional– la población total alcanzaba aproximadamente los 1.040.000 habitantes, reuniendo Montevideo alrededor de 309.000.

Si bien en el año 1843 el 60 % de los residentes de Montevideo  eran extranjeros, hacia 1860 esta cifra se redujo al 48 %. El total nacional cayó desde el 35 % en 1860 al 17 % en 1908. A principios de siglo, los inmigrantes eran predominantemente de origen italiano (34%), españoles (30 %), brasileños y franceses (15 %) y argentinos (10 %) (Finch, 206). 

Los italianos llegaron en mayor número, al punto que Giusseppe Garibaldi, el gran héroe de la unificación italiana, vivió en Montevideo y participó en la guerra civil denominada “Guerra Grande” (1839-1851). A finales del siglo XIX y a principios del XX, arribaron al país miles de italianos que habían participado en movimientos sindicales de trabajadores (entre ellos militantes anarquistas), causando gran impacto en el movimiento obrero y en la política uruguaya (Arocena, 115).

También llegaron inmigrantes franceses y españoles. Se ha estimado que el 10% de la población uruguaya tiene ancestros vascos y el 60% tiene antecesores españoles de diversa índole. La presencia de vascos en Uruguay puede rastrearse hasta la misma fundación de la ciudad capital en 1726; el primer gobernador, Bruno Mauricio de Zabala, era vasco (Arocena 114). La mayoría de los inmigrantes franceses que se establecieron en Uruguay ingresaron al país entre 1838 y 1852, con un máximo de 10.300 inmigrantes llegados en 1843. Los franceses constituyeron un 41,5% de la inmigración recibida por Uruguay entre 1835 y 1842, y configuran la mayor fuente de inmigración para el país en ese periodo. Hasta 1853, los vascos franceses conformaban el grupo más numeroso entre todos los inmigrantes arribados al Uruguay, para ser posteriormente superados en número por los españoles e italianos. Otra gran ola de inmigración francesa hacia Uruguay tuvo lugar durante la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), con 2.718 inmigrantes franceses entre 1866 y 1867, representando el 10,1% de la inmigración de ese momento.

Otro grupo importante son los africanos traídos inicialmente como esclavos en el siglo XVIII. Los afro descendientes constituyen en la actualidad el  9% de la población total. Los suizos, que llegaron al Uruguay para escapar de una crisis económica en su país de origen, fundaron en 1862 una colonia agraria en el sur del país llamada Nueva Helvecia, y hacia 1878 alcanzaba un total de 1.500 personas (Arocena 117). También destaca la afluencia de inmigrantes desde Europa del este, principalmente de Polonia, Rumania, Rusia, Hungría, Lituania y Armenia.

Durante la primera mitad del siglo XX Uruguay continuó siendo un receptor neto de inmigrantes. Arribaron entre ellos grupos de armenios que huían de la persecución que sufrieron a principios del siglo; libaneses; y aproximadamente 10.000 judíos, que entre 1933 y 1941 llegaron escapando de la Alemania nazi. 

A principios del siglo XX, el gobierno uruguayo implementó una política inmigratoria orientada a atraer colonos hacia las zonas rurales que se encontraban desocupadas y carecían de explotación agrícola. Uno de estos grupos fueron los rusos, llegando aproximadamente 300 familias en 1913 (Arocena, 118). Los inmigrantes españoles, italianos y franceses continuaron llegando al país, aunque en un número mucho más moderado. 

Al igual que Argentina, pero en menor escala, Uruguay tuvo un exitoso desempeño económico como agroexportador. A partir de 1930, incorporó el modelo de sustitución de importaciones, alcanzando un nivel considerable de desarrollo industrial en relación con las dimensiones del país y su peso en términos demográficos. Sin embargo, con el tiempo la industrialización alcanzó sus límites. El agotamiento del modelo hacia finales de la década de 1950 abrió paso a un prolongado periodo de estancamiento económico, con niveles de desempleo que finalmente se convirtieron en una tendencia estructural (Pellegrino, 14).

Hacia la década de 1950, debido en parte a una disminución de la demanda en el mercado mundial de productos agrícolas, Uruguay ingresó en una época de severo estancamiento económico y de creciente inestabilidad social y política. Fue en ese momento que el patrón tradicional de inmigración neta de Uruguay comenzó a ceder su lugar a un marcado patrón de emigración. Las razones de la emigración de la década de 1960 son principalmente de índole económica, y los problemas sociales comenzaron a alcanzar niveles notorios conforme se aproximaba la nueva década. Este proceso de deterioro político y social culminó con un golpe militar y  la suspensión de las libertades civiles en 1973. Además de la falta de empleo, la represión política que caracterizó a este periodo (1973-1985)  se consolidó como el factor más importante que impulsó las oleadas migratorias de esa década. Las cifras oficiales indican que más de 200.000 personas dejaron Uruguay entre 1963 y 1975 y otros 177.000 lo hicieron entre 1975 y 1985 (PNUD, 2009). En conjunto, dichas cifras representan casi la décima parte de la población total. 

La mayoría de quienes emigraron eran jóvenes. Entre 1963 y 1975, el 17,7 % tenía 14 años o menos; el 68 % tenía entre 15 y 39 años; y el 14,3 % era mayor de 40 años. Quienes emigraban tenían en promedio un mayor nivel educativo que la población general. Apenas el 1,5 % no tenía educación; el 52,1 % tenía estudios primarios completos; el 33,6 % había concurrido al colegio secundario o a institutos de formación docente y el 12,8 % tenía nivel universitario o de formación técnica.

A finales de la década de 1980, la “crisis de la deuda” y la falta de empleo para los jóvenes constituyeron un factor fundamental que contribuyó a la emigración. Quienes se iban de Uruguay no solo eran más jóvenes y de mejor nivel educativo que la población en su conjunto, sino que además tenían mejor calificación laboral. 

El destino más frecuente de los emigrantes uruguayos fue Argentina, que durante la primera mitad de la década de 1970 absorbió la mitad de los emigrantes. Estados Unidos y algunos países europeos recibieron inmigrantes uruguayos calificados, como España e Italia, seguidos por Francia y Suecia. También tuvieron importancia Australia, Brasil y Venezuela. Hacia 1980, el 9% del total de profesionales y técnicos uruguayos vivía en Estados Unidos y en once países latinoamericanos, lo que originó preocupación por la “fuga de cerebros”, muy similar al caso de Argentina (Pellegrino 1993). En estos cálculos no se toma en cuenta a quienes residen en Europa  ni en Australia, lo que llevaría la proporción a más del 12%. 

La emigración de adultos jóvenes calificados significó la pérdida de recursos escasos y afectó severamente la calidad de la fuerza de trabajo del país. Ciertas profesiones experimentaron una alta tendencia a la emigración: arquitectos y médicos en la década de 1970, ingenieros y especialistas en informática durante las décadas de 1980 y 1990 (Pellegrino, 2002). 

Durante la década de 1990 se produjo una afluencia de inmigrantes peruanos que escapaban de la grave crisis económica, política y social de Perú bajo el régimen de Fujimori. Si bien el número no fue altamente significativo, pueden constituir una corriente importante en el futuro (Arocena, 126).

A pesar de que la tendencia emigratoria se desaceleró notablemente durante la década de 1990, retomó impulso con el advenimiento de la crisis económica de 1999, que culminó en 2002. El nivel de desempleo ese año alcanzó el 17 % (PNUD, 2009). Durante este periodo, la emigración alcanzó los niveles más altos registrados en la historia del país. Este flujo emigratorio siguió muchos de los trayectos de la década de 1970, ya que los uruguayos se dirigieron a países donde ya existían comunidades uruguayas consolidadas (Pellegrino y Vigorito, 2002). Las décadas que llevaron a la crisis más reciente muestran un predominio de los países de la Región, donde Argentina absorbió a más de la mitad de los emigrantes uruguayos. Los movimientos recientes, sin embargo, se reorientaron hacia Estados Unidos y España. Entre los años 2000 y 2006, los principales países de destino fueron: España (43%), Estados Unidos (26%), Argentina (12%) y Brasil (5%) (PNUD, 2009). Como se mencionó anteriormente, la población que emigró era muy joven. Según datos recogidos por la Encuesta Nacional de Hogares Ampliada (ENHA 2006), el 55 % de los emigrantes tenía entre 20 y 30 años de edad. Los principales grupos sociales comprenden trabajadores industriales y  empresarios jóvenes, seguidos por científicos, intelectuales y especialistas. 

Finalmente, la bonanza económica del país en los últimos años de la década, sumado a la crisis económica que ha afectado los principales países de destino preferidos por los uruguayos (España y Estados Unidos), ha reducido notoriamente los flujos migratorios al exterior. De un saldo negativo de  28.302  para el año  2002, se pasó a 5.709  en 2008 y solamente  811 en 2009 (Cabella 2009), marcando una tendencia descendente. 

A pesar de esta tendencia,  el número acumulado de uruguayos residentes en el exterior es muy elevado en relación a su población total. Los uruguayos que residían en el exterior eran aproximadamente 477.000 en 1996. Entre ese año y 2004, otros 117.000 uruguayos se fueron del país. En total, el número de uruguayos residentes fuera del país hacia 2004 era cercano a las 600.000 personas, lo que equivale a aproximadamente el 18% de la población total (PNUD, 2009).  

Conclusiones

La historia migratoria uruguaya, al igual que la de Argentina, está marcada por el cambio de su condición de receptor neto de migrantes desde su origen hasta la primera mitad del siglo XX, para convertirse en un país de emigrantes donde gran parte de su población vive actualmente en el exterior (las últimas cifras estiman que el 18% de las personas nacidas en el Uruguay vive fuera de sus fronteras). La emigración de adultos jóvenes capacitados significó una pérdida importante de recursos escasos que han afectado la calidad de la fuerza de trabajo del país (Pellegrino, 2002). Esto incluye ocupaciones con alto nivel de calificación como arquitectos y médicos en la década de 1970, e ingenieros y especialistas en informática durante las décadas de 1980 y 1990. El conjunto altamente capacitado y la edad de la mayor parte de las migraciones recientes han dado lugar a una preocupación por la posible “fuga de cerebros” a futuro o, cuando menos, a un proceso que llevará al subdesarrollo de ciertos sectores profesionales en Uruguay.