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México - Síntesis histórica de la migración internacional

Antes de la colonización española en México, varias culturas habían evolucionado y se habían convertido en civilizaciones relativamente desarrolladas, en particular la olmeca, la tolteca, la teotihuacana, la zapoteca, la maya y la azteca. La conquista española del Imperio Azteca
empezó en 1519 cuando Hernán Cortés arribó en el puerto de Veracruz y comenzó su búsqueda de oro y otras riquezas. Para 1521, España había conquistado y colonizado el territorio, que fue nom- brado Nueva España. La enfermedad y las privaciones diezmaron a la población indígena mientras que crecientes números de españoles llegaron con grandes expectativas de enriquecerse (Merrill y Miró, 1996). Los demógrafos estiman que la población del país en la época de la conquista española pasó de alrededor de 18 millones en 1519 a 3.6 millones para 1550 (García 2010).

Para incrementar su declinante fuerza de trabajo, los españoles trajeron esclavos africanos. Du- rante los aproximados trecientos años de colonización el comercio de esclavos aportó aproxima- damente 200.000 africanos a la colonia. No fue sino hasta 1824 que se abolió la esa institución por los líderes de la nación recién independiente (Palmer, 1993).

Inmigración hasta la Revolución de 1910

Luego de la independencia de México en 1821, las autoridades mexicanas estaban interesadas en poblar el vasto territorio del norte del país y desarrollar la agricultura. Para lograr este crecimien- to y desarrollo agrícola las autoridades promulgaron leyes y decretos que en esencia pretendían alentar la inmigración europea (Berninger, 1974). Sin embargo, para mediados del siglo XIX los extranjeros seguían siendo muy escasos, oscilando entre los 25.000 y 30.000.

Durante el periodo después de la independencia, hubo un gran número de conflictos internos y confrontaciones con otros países, que tuvieron consecuencias territoriales y gubernamentales, in- cluyendo la pérdida de Texas (1836) y otros territorios grandes del norte (1848) como resultado de la guerra con los Estados Unidos y la primera invasión francesa (1838-1839) y la ocupación france- sa y el Imperio de Maximiliano (1862-1867). Este periodo tuvo una importante influencia en el tipo específico de privilegios y restricciones que se les dieron a los inmigrantes en México así como el retrato imaginado de lo que constituía el extranjero arquetípico ideal que pudiera contribuir al de- sarrollo de México (Salazar, 2010). Estos elementos se vieron reflejados en los varios instrumentos legales de la época y la legislación migratoria después de la revolución de 1910, particularmente cuando la política nacional giró hacia la inmigración restrictiva y el nacionalismo intenso.

Aunque los inmigrantes fueron escasos, llegaron principalmente españoles, estadounidenses, franceses, alemanes, ingleses, italianos y rusos, así como japoneses, chinos y coreanos, como peones con bajos salarios. También libaneses y judíos, que junto con los chinos aparecieron en los mercados en forma mucho más modesta que los europeos. La vecindad geográfica y los cambios políticos también trajeron a México guatemaltecos y cubanos hacia fines del siglo XIX (Rodríguez, 2010).

En 1910, la población extranjera se duplicó respecto a 1900, sumando más de 116.000 individuos, lo que representó sólo el 0.8% del total de los residentes del país según datos de los censos de población. En esa época también se estableció en México una clara estructura social en la que los europeos y las élites criollas dominaban las tierras y la industria mientras que los indígenas traba- jaban la tierra; y la mayoría de los mestizos ocupaban los resquicios socioeconómicos intermedios.

Esta estructura social rígida creó el conflicto social que culminó en la revolución de 1910 (SICREMI, 2011). Grupos rebeldes aparecieron en toda la nación. Aunque no estaban de acuerdo sobre quién debía de manejar el país, los líderes de la Revolución estaban unidos en sus llamados por la justi- cia social, la reforma agraria, y un nuevo sentido de nacionalismo basado en el patrimonio indígena de México. Cuando finalmente terminó el conflicto en 1920, sus ideales definieron a la nueva nación mexicana que emergió de ahí (Merrill y Miró, 1996).

Finalizada la fase armada de la revolución y con la consolidación de los gobiernos que de ella emergieron, en la década de 1930 se introdujeron restricciones a la inmigración que dominarían las tendencias migratorias durante prácticamente todo el siglo XX. Las restricciones fueron crea- das bajo una lógica nacionalista que combinaba tendencias ambivalentes de fobias y filias hacia determinados grupos de extranjeros, como ya se daba desde el siglo XIX. Estas actitudes se expre- saron en el bajo volumen anual de entrada de inmigrantes, que solo fue alterado en algunos años por la llegada masiva de determinados grupos de exiliados y refugiados (Rodríguez, 2010), como los españoles en los años 40, sudamericanos en los años 70 y guatemaltecos en los años 80 (véase la sección “De los asilados y refugiados” infra).

La emigración

En 1900, el 72 % de la población mexicana vivía en comunidades rurales de menos de 2.500 habi- tantes (en comparación a 92% un siglo antes) (McCaa, 1997). Durante las décadas siguientes se produjo un aumento lento y sostenido de las comunidades urbanas. Entre el periodo de 1940 a 1970, las autoridades mexicanas fijaron el rumbo hacia una rápida industrialización del país, ace- lerando este proceso.

El drástico movimiento desde las áreas rurales a los centros urbanos implicó una dura prueba para la capacidad del país de desarrollar infraestructura urbana y darle lugar al influjo de población. Esta disparidad fue exacerbada por la limitada movilidad social y económica para grandes secto- res de la población, las diversas crisis económicas, cuyos efectos se dejaron sentir especialmente en el medio rural, y la pujanza económica de su vecino del norte. Por consecuencia la emigración mexicana se convirtió en una tendencia principal, mayoritariamente hacia Estados Unidos (98%) (Merrill y Miró, 1996).

Las cifras actuales estiman que alrededor de 11.7 millones de mexicanos residen en Estados Uni- dos (CONAPO 2012). Este proceso histórico ha sido acompañado por algunas oleadas de deporta- ciones masivas de migrantes mexicanos desde los Estados Unidos, principalmente en la década de los 20 y 30, durante épocas de crisis económica y más recientemente por el retorno forzado de cientos de miles de migrantes mexicanos que anualmente son detenidos por la autoridad migrato- ria estadounidense en su intento de internarse en ese país (Rosenblum et al., 2012).

Nuevas tendencias: la migración de tránsito irregular

En forma paralela al crecimiento de la emigración mexicana, en los últimos 25 años también ha sido importante la migración que transita de manera irregular por territorio nacional, con el úni- co objetivo de llegar a Estados Unidos. Esto tomó fuerza desde mediados de la década de los 80, como consecuencia de la agudización de los conflictos armados en Centroamérica, y se incrementó gradualmente hasta llegar a un máximo histórico estimado en unos 430.000 eventos en 2005 (Ro- dríguez, Berumen y Ramos, 2011).

Después de 2005 este flujo se ha reducido sustancialmente, llegando a unos 140.000 eventos esti- mados en 2010 (Rodríguez, Berumen y Ramos, 2011). Esta abrupta disminución puede explicarse por factores similares a los que influyen en la reducción de la emigración mexicana hacia Estados
Unidos, como el efecto de la crisis económica y una menor probabilidad de éxito debido a un mayor control fronterizo en la frontera norte. Sin embargo, en el caso de los centroamericanos también es un factor importante el incremento de su vulnerabilidad ante la violencia ejercida en su contra por parte del crimen organizado durante su tránsito por México, que incluye secuestros y asesinatos.

La migración de tránsito otorga mayor complejidad a la dinámica migratoria en el país y modula parte de la opinión pública e interpretación actual de la presencia de extranjeros en México.

De los asilados y refugiados a la nueva inmigración

México también ha tenido un papel importante como país de acogida de distintos grupos de asila- dos políticos y refugiados. A fines de los años 20, el país recibió a rusos que buscaban asilo, pro- venientes de la recién formada URSS luego de la revolución bolchevique. Los años 30 y 40 trajeron oleadas de inmigrantes que escapaban de las dictaduras en Europa. Entre 1939 y 1942 llegaron unos 20 mil republicanos españoles, y sus aportes a la educación y la cultura mexicana son reco- nocidos hasta estos días (Pla, 2001).

En 1954, México se convirtió en el destino más importante para refugiados de Guatemala que esca- paban de la guerra civil. El mismo periodo atrajo a intelectuales de Estados Unidos que huían de la persecución del macartismo, así como a cubanos en los años 50 y 60 como resultado primero de la dictadura, y luego de la revolución socialista. La década de los 70 trajo a argentinos, chilenos y uru- guayos que buscaban asilo y protección de sus respectivas dictaduras militares (Yankelevich, 2002).

Entre 1970 y 1990, México también recibió a refugiados centroamericanos de Guatemala, El Salva- dor y Nicaragua, que huían de los conflictos armados. Entre ellos destaca la llegada de alrededor de 60.000 guatemaltecos en los años 80. Al volver la paz a su país muchos de ellos retornaron en los años 90, y alrededor de 20.000 se quedaron en México como inmigrantes permanentes. Muchos de esos guatemaltecos que optaron por quedarse se naturalizaron mexicanos gracias a las facili- dades otorgadas por el gobierno para su asentamiento definitivo (Rodríguez, 2010).

Desde una perspectiva histórica, la presencia en México de población nacida en otros países se re- laciona principalmente con tres nacionalidades: españoles, estadounidenses y guatemaltecos. En el censo del 2000, los nacidos en Estados Unidos constituían el 70% del total de los nacidos en el exterior residentes en México. Además, más del 60% de estas personas nacidas en Estados Unidos, nunca vivió o lo hizo muy poco en ese país. Esto se debe con toda probabilidad a que son hijos de mexicanos residentes en la zona fronteriza de México, o son hijos de emigrantes mexicanos que enviaron a sus hijos a vivir con familiares a sus comunidades de origen, o migrantes retornados. (Rodríguez, 2010).

El censo de población del año 2000 reportó casi 500.000 personas nacidas en el exterior, población que se duplicó en el censo de 2010 a casi 1 millón, 77% de los cuales nació en Estados Unidos (INEGI, 2011).

En general, la importancia de la inmigración en México sigue siendo más cualitativa que cuantitati- va, con un alto impacto sociocultural por el nivel educativo de los inmigrantes y su participación en el mercado laboral como profesionales, personal directivo o inversionistas, independientemente de que no todos estén en estos grupos.

Los trabajadores fronterizos guatemaltecos

Desde que se definieron las fronteras actuales entre Guatemala y México en 1882, y la región del Soconusco pasó a formar parte del territorio mexicano, el mercado laboral de esa región ha estado estrechamente vinculado a los trabajadores agrícolas guatemaltecos. Ellos, en esencia, mantienen su residencia en Guatemala, pero han sido clave para el desarrollo de las plantaciones de café y otros productos agrícolas en Chiapas, México (Ángeles, 2000). Desde los años 90, el gobierno mexi- cano ha tratado de ordenar y documentar estos flujos a través de diversos mecanismos, llegando a registrar hasta 70.000 trabajadores en un año. En 2011, el Instituto Nacional de Migración (INM) documentó a 29.993 trabajadores guatemaltecos fronterizos, destacando que tal vez un número similar de trabajadores fronterizos son irregulares (INM, 2012).

En las últimas dos décadas, como resultado de la nueva dinámica económica de la región y el de- terioro del sector agrícola, los trabajadores guatemaltecos fronterizos han extendido su presencia a más regiones del Sur de México y a varios otros sectores de la economía como el comercio, los servicios, la construcción y el servicio doméstico (Nájera, 2009; EMIF SUR, 2011).

Estos trabajadores, autorizados o no, cruzan la frontera con frecuencia y contribuyen al movimien- to de visitantes locales – más 1.7 millones de cruces registrados en 2010- y a los migrantes en tránsito irregular hacia Estados Unidos (Berumen y Rodríguez, 2009; INM, 2012).

México es un país de origen, tránsito, destino y retorno de migrantes. Desde el siglo XIX hasta la fecha, la emigración ha sido un componente prevalente en el proceso migratorio. A su vez, la inmi- gración de extranjeros –aunque en menor escala– también ha estado presente en los 200 años de existencia de la nación mexicana, sin llegar nunca a constituir el 1% de la población nacional. La presencia de esta inmigración está marcada por el incremento de la migración de tránsito irregu- lar que trata de cruzar el territorio mexicano para llegar a Estados Unidos, especialmente en los últimos 25 años y fundamentalmente desde Centroamérica.